Paz

¿Cuándo nos hemos acostumbrado a escuchar tanto odio? A verlo en los discursos, en los debates, en los informativos. A que el insulto ocupe el lugar del argumento y la diferencia se convierta en enemistad. Mientras, en tantos lugares del mundo, otros intentan simplemente sobrevivir a una guerra.

La paz exige ponerse en la piel del otro. Entre países, entre vecinos, entre personas de distintas ideologías, convivir requiere renunciar a imponerse. ¿Por qué nos cuesta tanto? Se insulta de una manera cobarde e impune y, por la ambición de ampliar fronteras, se destruyen pueblos y se mata a niñas y niños. Ningún territorio, ninguna riqueza, ninguna aspiración de poder debería costar una vida.

El jazz y el blues tienen mucho que decir sobre ello. Nacieron de la experiencia de comunidades afroamericanas para las que la abolición de la esclavitud no trajo el fin de la discriminación. La pobreza, la segregación y la violencia siguieron marcando sus vidas. En la música encontraron desahogo, aliento y un lenguaje propio para reclamar dignidad. Una guitarra, una armónica, una trompeta podían ser también instrumentos de protesta. Las canciones que acompañaron las marchas pacíficas por los derechos civiles se alimentaron de los espirituales, del góspel y del blues. Cantar juntos ayudaba a seguir caminando.

Billie Holiday denunció los linchamientos racistas en Strange Fruit. Nina Simone convirtió la indignación en Mississippi Goddam. John Coltrane respondió con Alabama al atentado que mató a cuatro niñas en una iglesia de Birmingham. No miraron hacia otro lado: hicieron de su talento una forma de resistencia.